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“Actuó por impulso, pero fuera del puerperio”

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En diciembre de 2016, Rebeca Abigail Ponces (20) arrojó a su hija de 3 meses a una zanja. El psiquiatra Zanlungo dictaminó que es imputable, aunque recalcó: “No dudo de que hay atenuantes para su conducta.” 

A los 18 años, Rebeca Abigail Ponces ya sabía lo que era ser madre soltera. Lo sabía por partida doble, porque cuando su primer bebé tenía apenas ocho meses, había quedado embarazada por segunda vez.

En su pueblo natal -Arias, ubicado a 197 kilometros de Río Cuarto-, Rebeca vivía sola pues su madre se fue a vivir a Venado Tuerto, a la vecina Santa Fe, y le dejó la casa familiar.

Rebeca anotó a ambos niños con su apellido y los mantenía con la asignación familiar, sin chance de obtener otro ingreso, pues ninguno de los padres de las criaturas le acercó una ayuda.

De caracter reservado, le costaba pedir ayuda y como no le quedaba familia en el pueblo, acabó ofreciéndole a la expreceptora del colegio donde estaba terminando el secundario que fuera la madrina de Milagros, la beba que dio a luz en septiembre de 2016.

La mujer aceptó, por más que no las unía una estrecha relación. Ayer, la expreceptora se presentó a los Tribunales de Río Cuarto donde Rebeca Ponces empezó a ser juzgada por homicidio calificado por el vínculo, pues, tres meses después de tener a su segunda beba -entre la noche del 22 y la madrugada del 23 de diciembre de 2016-, la joven madre arrojó a su hija a un canal de desagüe donde la criatura murió por inmersión.

Nadie en Arias vio venir la tragedia. “Nunca imaginamos que pudiera hacer una cosa así”, dijo ayer en la Cámara Segunda del Crimen la testigo. Más de una vez dirigió la mirada hacia la joven madre buscando una respuesta que ella no tenía. En el gesto de la expreceptora no había enojo, sino incomprensión.

Tal como llegó acusada, Ponces recibiría prisión perpetua si se la encuentra culpable, pues esa es la pena que contempla el homicidio calificado por el vínculo. Pero ayer, su defensora -la asesora letrada Luciana Casas- y hasta el fiscal de Cámara Jorge Medina empezaron a explorar otras vías legales.

Atenuantes

El psiquiatra forense Gustavo Zanlungo declaró ayer y reseñó al tribunal las conclusiones del examen que le hiciera a Ponces. Recalcó que si bien es una persona imputable y no detectó ninguna enfermedad de base, no tiene dudas de que desde el punto de vista médico existen atenuantes para su conducta.

Consultado por el fiscal, Zanlungo descartó que la chica hubiese actuado bajo los efectos del puerperio. Dijo que aunque hay especialistas que proyectan esa etapa hasta los tres meses, no cree que ese haya sido el caso de Rebeca.

El forense describió cuatro etapas en el puerperio: la conducta abandónica que puede existir en los 3 primeros días desde el parto; una segunda etapa que abarca algunas semanas con signos de fobia hacia la criatura; la depresión posparto que afecta hasta a un diez por ciento de los casos -remarcó-, y por último el estadío más severo que denominó la “psicosis puerperial”.

De todos modos, subrayó, ninguno de esos estadíos pueden adjudicarse a la acusada. Para Zanlungo, Ponces actuó movida por un impulso que no supo refrenar y del que luego se arrepentiría. “La personalidad de ella -agregó el psiquiatra- es introspectiva, aplanada emocionalmente, esa forma de ser acaso no genere empatía, pero no simula. Se la ve profundamente triste, pero no llora a los gritos. Es por eso mismo que creo en su tristeza”, acotó.

El juicio por jurado continuará en la mañana de hoy y el martes próximo se estima que será el día de los alegatos y del veredicto.

Rebeca, un rostro de infinita tristeza

Si alguno de los ciudadanos comunes que integraban el jurado popular esperaba encontrar en el banquillo de los acusados a una mujer sádica o desalmada, lo que vieron ayer al mediodía en el inicio del juicio por el filicidio de Arias estuvo en las antípodas: Rebeca Abigail Ponces, la chica que a los 18 años fue encarcelada por arrojar a su beba de tres meses a una zanja de desagüe, se mostró como lo que es, una mujer rota, un alma que apenas puede con sus huesos.

Llegó a la sala de juzgamiento de la Cámara Segunda del Crimen escoltada por dos guardiacárceles, un hombre de rostro curtido por los años en los pabellones y una guardiacárcel casi tan joven como Rebeca. Ambos, a su manera, intentaban que no se desmoronara cuando se sentó en el banquillo.

El hombre entrado en años se sacó de un bolsillo una servilleta de papel para que la chica se enjugara las lágrimas que brotaban en medio de un silencio que acentuaba el dramatismo del momento.

La guardiacárcel se paró enfrente de ella, de tal forma que la pistola se destacaba en la delgada cintura, pero las palabras que le ofrecía por lo bajo no tenían tono imperativo, eran el consuelo para los minutos que sobrevendrían: los tres días de un juicio por jurado popular, en los que la chica que araña el metro sesenta de altura se jugará por entero frente a la amenaza de recibir la pena máxima.

La noche del 22 de diciembre tenía todo listo para viajar a Córdoba junto a Milagros Ponces, la beba que había tenido apenas tres meses atrás. Sobre la mesa del comedor tenía la valija lista,  el changuito y la beba ya bañada.

Esa es la imagen que conservaría de esa noche Marta Magdalena Molina,  la mujer que vive pegado a la casa ubicada entre las calles Buenos Aires y Sarmiento, de Arias.

Al día siguiente la vecina supo que Rebeca Ponces efectivamente había tomado el colectivo que la llevó a Córdoba, pero antes de subirse arrojó a su beba al canal de desagüe que está a apenas 20 metros de su casa.

Frente a los jueces y a los jurados populares la testigo confió: “No tengo medios para irme a otro lugar, pero si pudiera lo haría, para no estar cerca de esa cuneta. Cada vez que paso por ahí, me recuerda todo”, dijo.

A su lado, Rebeca la escuchaba angustiada. En su rostro, la tristeza es un rictus que no la abandonará mientras viva.

FUENTE: Diario Puntal (Alejandro Fara)

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